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última actualización: 16 junio 2016

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Síndrome de Landau-Kleffner

Síndrome de afasia epiléptica adquirida

Es el otro nombre que recibe el síndrome de Landau-Kleffner –SLK–, porque este síndrome epiléptico se caracteriza por la pérdida del lenguaje –afasia– en un niño cuyo neurodesarrollo y cognición previos eran normales.

Es un síndrome muy poco frecuente, se desconoce el número de personas que lo sufren, pero el número de diagnósticos aumenta cada año, probablemente por ser cada vez más conocido.

Desde su primera descripción en 1957, por los doctores William Milton Landau y Frank R. Kelffner, hasta la fecha hay descritos más de 350 casos en la literatura médica y se calcula que al año aparece un nuevo caso cada millón de niños.

Es pues una enfermedad rara y por tanto conviene conocerla para aumentar su detección.
En este síndrome se produce una alteración del patrón eléctrico normal del sueño, por la presencia de descargas anómalas y muy frecuentes de las neuronas. Estas descargar entorpecen el funcionamiento del cerebro que entonces no realiza las funciones reparadoras que suceden durante el descanso y se produce un deterioro cognosicitivo, específicamente en el lenguaje. Se trata pues de una encefalopatía epiléptica.

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Exámenes fin de curso

Exámenes finales

examenes fin de cursoDespués de 9 meses llega el momento de los exámenes finales.

En unos pocos días hay que dar cuentas de lo trabajado durante todo el curso y aparecen los nervios.

Los niños se enfrentan a una época de estrés y cansancio en la que a mayor edad y exigencia, mayores los nervios.

Temas más largos y difíciles que exigen una mayor capacidad para organizar las tareas, para mantener la concentración, para atender a los detalles y evitar el error.

Es fácil que aparezcan insomnio, dolores de cabeza o empeoren problemas como el déficit de atención –TDAH– y con ellos la preocupación de los padres por la salud de sus hijos.

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El sueño en la adolescencia

Los adolescentes están dormidos

Maltratamos a los adolescentes. Duermen mal, están dormidos, y su mal descanso es reflejo de nuestra sociedad y nuestras (malas) costumbres. Nuestros horarios laborales, escolares, familiares y de ocio son incompatibles con un buen descanso y no es excusa decir que todos dormimos mal.

La adolescencia es una época de mucha exigencia energética para el cerebro. Los grandes cambios que va a sufrir su estructura, reflejados en el enorme cambio en sus procesos mentales, requieren un consumo elevado de energía y un reposo efectivo para culminar con éxito.

En los primeros años de la infancia el cerebro aumenta considerablemente de tamaño, debido sobre todo a la formación de nuevos circuitos que irán albergando las nuevas habilidades adquiridas. En la adolescencia el tamaño cerebral aumenta mucho menos porque ahora no predomina, aunque sucede, la formación de nuevos circuitos sino la remodelación de los ya existentes, de manera que los más usados se fortalecen y los menos se eliminan en un proceso llamado «poda sináptica».

La formación de nuevas sinapsis y el remodelado de las que ya tenemos continúa toda la vida. Un nuevo trabajo, un cambio de vivienda, una nueva relación sentimental, aprender a conducir… Ante cualquier actividad nueva necesitamos reajustar lo que ya habíamos aprendido para adaptarnos a la nueva situación. Los aprendizajes y la experiencia cambian la estructura de nuestro cerebro. Y es durante el sueño cuando esas nuevas experiencias, esas nuevas sinapsis, se consolidan. Pero no vale cualquier sueño, ha de ser un sueño efectivo, de duración y horario adecuados y la clave está en la fase REM (las siglas en inglés para movimientos oculares rápidos).

El sueño REM y la edad

Durante el sueño nuestro cerebro cambia su actividad, deja de ser prioritaria la interacción consciente con el entorno para dedicarse a labores de «reparación y mantenimiento» del organismo. Esto se refleja en la actividad cerebral eléctrica, que se vuelve muy distinta a la de la vigilia. Se pueden distinguir distintas fases que van desde el sueño más ligero –fase I– al más profundo –fase IV– para terminar con la fase de sueño REM. Estas fases se estructuran en ciclos a lo largo de una misma noche, cuya duración y características cambian con la edad.

En un adulto cada uno de estos ciclos de sueño tarda entre 90 y 110 minutos en completarse y se repiten varias veces a lo largo de toda la noche. Pero mientras que en la primera mitad de la noche los períodos de sueño profundo son largos y los de sueño REM cortos, en la segunda mitad sucede justo lo contrario. Así en las primeras horas de la noche predomina el sueño no REM y en la segunda mitad el sueño REM.

hipnograma normal
Representación gráfica de la organización cronológica de las diferentes fases del sueño a lo largo de la noche –hipnograma– en un adulto sano.

 

La estructura de sueño del niño es muy similar, aunque la duración total del sueño, el número de ciclos que realiza y la duración y relación de cada uno de ellos cambia con la edad.

Sueño REM a lo largo de la vida
Número total de horas de sueño REM/ no REM en una noche y su variación con la edad.

Salvo en el sueño del recién nacido, la mayoría de los ciclos REM se producen en la segunda mitad de la noche. Durante las 3 o 4 primeras horas de sueño apenas alcanzamos la fase REM, después apenas salimos de ella.

Aunque aún nos queda mucho por saber sobre el sueño, cada vez tenemos más evidencias de que el sueño REM es esencial para consolidar los aprendizajes y, como hemos visto, los ciclos con más y mejor sueño REM aparecen cuando llevamos muchas horas durmiendo. De manera que si dormimos menos horas lo que estamos haciendo es reducir nuestro tiempo de sueño REM y en consecuencia dificultamos nuestro aprendizaje.

El sueño del adolescente y la sociedad

Así que para que el sueño sea reparador y efectivo en su función de consolidar aprendizajes, debemos dormir al menos 8 horas cada noche. Los adolescentes más, unas 10 horas, porque su gasto energético es mayor y su cerebro sufre mayores cambios. 

Pero esa no es la única diferencia entre el sueño de los adolescentes y el de los niños o adultos. A causa de la enorme actividad hormonal a la que está sometido el cerebro adolescente no consigue conciliar el sueño hasta avanzada la madrugada. La mayoría de adolescentes son noctámbulos que prefieren acostarse a partir de la medianoche. No es capricho, es biología.

¿Y como trata la sociedad a los adolescentes? Pues no cuida nada de nada su descanso nocturno, y esto repercute negativamente en sus aprendizajes. Veamos.

Los adolescentes tienen que dormir unas 10 horas cada noche (sí, más de las que nos habían dicho). Si se levantan a las 7, para entrar al instituto a las 8, deberían irse a dormir como máximo a las 9 de la noche, a las 10 si se levantan a las 8 porque entran a las 9. Contando la jornada escolar, las actividades extraescolares y los deberes, enseguida llega la hora de cenar, que debería ser las 8 de la tarde y después tendrían que acostarse… Hasta aquí la teoría, la realidad es otra.

La realidad es que la mayoría de adolescentes no cenan antes de las 9 o las 10 de la noche y no se acuestan hasta las 11 de la noche. Ven la tele o usan redes sociales (Whatsapp es «la red» social) después de cenar. ¿Cuando si no? Son adolescentes y necesitan socializar y entretenerse. Además, como la liberación de sus hormonas se produce hacia esa hora no se duermen hasta pasada la medianoche, a veces incluso más. –Nota biográfica: yo leía a la luz de una linterna, ahora el móvil la lleva incorporada–. Por la mañana no hay quien los saque de la cama. Normal, su organismo necesita más horas de sueño y con suerte duermen 7 horas al día. Como alargan un poquito más, se van sin desayunar, sin lavarse o sin ambas cosas… 

Llegan al instituto en «malas condiciones», sin descansar, sin desayunar y a menudo desaliñados y enfadados –la glucosa baja y la somnolencia provocan irritabilidad–. Además lo que habían estudiado la noche antes «se les queda poco» porque no han completado todas las horas de sueño REM que necesitan para fijar los aprendizajes. Conclusión: dificultades en la concentración, problemas de conducta, fracaso escolar… lo que suele llamarse un desastre.

¿Creen que exagero? Pues no. Si tienen hijos adolescentes lo saben y si no los tienen hay múltiples estudios que corroboran lo que digo. La solución parece de lo más obvia y sencilla. ¿Por qué no retrasar la hora de entrada al instituto? También hay varios estudios que avalan la eficacia de esta medida.

No se puede luchar contra la naturaleza, pero sí se pueden cambiar los horarios para mejorar la salud y el futuro de nuestros niños.

Si te ha gustado y estás de acuerdo, te pido qu el compartas por favor en tus redes sociales y Whatsapp, seguro que entre todos podemos ayudar a nuestros jóvenes.

↬  2019 ©MJ Mas

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Relacionado:

Bibliografía:

  • Ian G. Campbell, PhD, Christopher S. Burright, BA, Amanda M. Kraus, BS, Kevin J. Grimm, PhD, and Irwin Feinberg, MD. «Daytime Sleepiness Increases With Age in Early Adolescence: A Sleep Restriction Dose–Response Study.» Sleep. 2017 May 1; 40(5).
  • Minges KE, Redeker NS.«Delayed school start times and adolescent sleep: A systematic review of the experimental evidence.» Sleep Med Rev. 2016 Aug;28:86-95.

Cuando sospechar autismo

Trastorno del espectro autista

El Trastorno en el Espectro del Autismo (TEA) es un trastorno del neurodesarrollo que se manifiesta en la infancia temprana y que persiste a lo largo de toda la vida. El término TEA alude a un grupo muy variado de problemas que tienen en común la presencia de dificultades en la comunicación, la interacción social y un comportamiento estereotipado. 

 

Conocer mejor el autismo permite estar atento a sus signos precoces y cuanto antes los reconozcamos, antes podremos intervenir, lo que la mayoría de las veces mejora el pronóstico.

Esto, que es importante para los profesionales de la salud de la infancia, lo es también para los padres y los docentes, porque cuanto más conozcamos en autismo, mejor podremos atender y ayudar a quienes lo tienen.

Así que es muy importante detectar los primeros signos de autismo, pero ¿sabemos cuáles son?

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