El día que empieza el año es un día arbitrario.
La Tierra gira sin descanso alrededor de nuestro sol. Sin escape posible al mecanismo celeste, completa sus órbitas sin pausa, fuera de nuestro control, ajena a nuestros cálculos del tiempo que sólo importan a la mente humana.

En occidente, nos regimos por el calendario solar gregoriano y, siguiendo la tradición romana, decidimos que el 1 de enero es el día de Año Nuevo.
Sin embargo, la cultura hebraica y la china utilizan un calendario lunisolar, que marca el tiempo teniendo en cuenta las fases del Sol y las de la Luna, pero no por eso su día de año nuevo coincide. Mientras que para los judíos el año en curso comenzó el 7 de septiembre de 2021 –1 Tishrei, 5782, es decir, 5782 años después de que Dios creara a Adán y Eva–, para los chinos empezará el 1 de febrero –4720 zhēng yuè, el día con luna nueva más próximo al equinoccio de primavera una vez pasado el solsticio de invierno–. Para los musulmanes el calendario es lunar y empieza a contar con la Hégira, cuando Mahoma huyó de la Meca a Medina, el día de año nuevo, 1 muharram 1444, corresponderá al 30 de julio de nuestro calendario gregoriano.
Pura arbitrariedad. Elegimos las fechas, según tradiciones y gustos, para marcar el inicio de un proceso cíclico que resulta infinito visto desde la perspectiva de nuestra limitada existencia.
Por María José Mas