El cerebro y la luz

El cerebro sirve para adaptarnos al entorno, ajusta su actividad a los cambios ambientales para que nuestras funciones corporales y nuestra conducta sean adecuadas en cada momento.
Las horas de luz diurna y su intensidad son un estímulo externo determinante de la actividad cerebral. De día estamos activos y de noche dormimos, y el cuerpo funciona diferente en cada estado, sometido al ciclo sueño-vigilia.
La duración del día y la noche varía a lo largo del año –sobre todo en las regiones templadas al norte del Trópico de Cáncer y al sur del de Capricornio– porque la traslación de la Tierra alrededor del Sol hace variar las horas de luz solar que recibimos y produce las estaciones, que modifican los ritmos biológicos de todos los seres vivos.
A partir del equinoccio es cuando más se nota el cambio en la duración de la luz solar. En otoño cada 24 horas habrá 3 minutos menos de luz solar hasta llegar al solsticio de invierno, el día con menos horas de luz del año. En primavera sucederá justo lo contrario.
Este cambio gradual de la duración de las horas de luz permite a nuestro reloj interno ajustarse sin dificultades, pero si los cambios son bruscos la adaptación puede ser más difícil. Es lo que sucede en los viajes rápidos a largas distancias y también en los cambios de hora de primavera y otoño.
La disminución de las horas de luz se nota en la consulta de neuropediatría que se llena de cefaleas, epilepsias y tics, y de trastornos del ánimo que pueden acompañar a otros problemas.



Por María José Mas