El trastorno específico del lenguaje –TEL– es difícil de definir, de diagnosticar y de tratar.

Hace referencia a los niños con problemas en el lenguaje con habilidades cognitivas normales y sin una causa identificable de esas dificultades. El diagnóstico es pues de exclusión, es decir, descartando otras causas que puedan explicarlo, y abarca un espectro tan amplio de manifestaciones que no ayuda a su comprensión.

Conocerlo es pues muy importante para poder entender las dificultades a las que se enfrenta el niño que lo tiene y atender adecuadamente sus necesidades.

De las muchas características que compartimos todos los seres humanos yo destacaría tres: la capacidad de andar erguidos –bipedismo–, la de formar una pinza oponiendo el pulgar a los otros dedos de la mano y el lenguaje.

Quizá la más compleja de todas sea el lenguaje, una capacidad fascinante de la que aún no comprendemos muy bien ni cómo surge ni cómo funciona, pero sabemos que interviene en el análisis de lo que percibimos, en nuestras emociones y en la elaboración de ideas. Nos ayuda a recordar el pasado y a imaginar el futuro. Es el soporte de nuestro mundo interior, de nuestro «yo» y también la herramienta que nos permite transmitirlo.

Las deficiencias en el lenguaje interfieren en todos estos procesos. Pueden ser debidas a problemas en la comprensión, en la expresión o en ambas y sus causas muy variadas. Digamos que evaluar y definir los problemas del lenguaje es tan complejo como el propio lenguaje y que no hay consenso sobre ello.

Y el trastorno específico del lenguaje no se escapa a esta dificultad.