El año en que dejamos de abrazarnos

Navidad, una esperanza envuelta en sentimientos contrapuestos. La ilusión infantil y la melancolía adulta. ¡Cuánto duelen las ausencias en las reuniones familiares! En esta Navidad del 2020 no sé si soy capaz de imaginar el duelo de tantos por tantos vacíos prematuros.

Sin embargo, no necesito imaginar cómo se siente la pérdida que aún sufrimos todos: la falta de contacto físico.

Hemos tenido que reducir, incluso eliminar, las muestras de afecto, renunciar a abrazarnos y besarnos unos a otros. No sólo a nuestros familiares más íntimos, pero con los que no convivimos, sino a amigos o colegas que apreciamos. Tampoco hemos podido saludar a los clientes de toda la vida con un apretón de manos o animar a los alumnos con un gesto de afecto ni confortar a los pacientes cogiéndoles la mano. Cada uno en su esfera personal y profesional habrá sentido esta carencia. Personalmente es la que peor llevo.