Gracias a la gran capacidad adaptativa del cerebro humano habitamos todas las latitudes de la Tierra y hemos desarrollado más de 6.000 lenguas distintas que, sin duda, resultan claves para la enorme diversidad cultural de nuestra especie.
La lengua, el lenguaje hablado de cada uno, facilita el pensamiento, lo hace más fluido, abstracto y reflexivo, permite también comunicarnos con los demás. Pero el lenguaje hablado no es la única forma de representar una idea, hemos inventado múltiples sistemas de signos, de los que el principal y más exitoso es la escritura.
Lo escrito permite transmitir la información salvando las barreras del tiempo y del espacio.
En la escritura alfabética occidental una letra representa un sonido y la unión de varios sonidos forma palabras.
Así que leer nos permite «ver» la sonoridad de las palabras.
Pero esto no es así en todas las culturas, ni actuales ni pasadas. A lo largo de la Historia y la Geografía, nuestra especie ha creado distintos sistemas de escritura –jeroglífica, cuneiforme, alfabética, china, mesoamericana o del valle del Indo–, cada una con su propio soporte –piedra, arcilla, hueso, caparazones animales, papiro, pergamino o papel–, que determina el objeto usado para escribir –punzones, cuñas, plumas o pinceles– y por tanto la necesidad de desarrollar la habilidad manual adecuada para usarlos.
La lectura y la escritura implican a funciones visuales, auditivas y manipulativas complejas de manera que cada sistema de signos conforma los circuitos cerebrales de forma diferente.
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Por María José Mas